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El síndrome de Peter Pan lo podemos definir como la serie de síntomas que caracterizan a aquellas personas que son incapaces de madurar y que siguen comportándose como si fueran niños.

El psicólogo Dan Kiley lo definió como los síntomas que muestran aquellas personas que no quieren renunciar a ser hijos para empezar a ser padres.

Siempre han existido personas con estas características, pero hasta bien avanzado el siglo XX no se han considerado que fuesen manifestaciones de algún tipo de síndrome o complejo.

El síndrome de Peter Pan no es considerado una enfermedad mental ni un trastorno psicológico y los síntomas que lo definen no tienen una catalogación desde el punto de vista psiquiátrico, por lo tanto lo podemos considerar más bien como un complejo, entendiendo por complejo según la definición de la psicóloga Janet Cardozo, como el conjunto de ideas, generalmente inconscientes, ligadas a contenidos de tipo afectivo que originan unas determinadas pautas de comportamiento.
 
Aunque el síndrome de Peter Pan no es exclusivamente un complejo masculino, si es cierto que es muchísimo más frecuente en los hombres que en las mujeres.

La inmadurez es la característica que define a las personas con este síndrome y ésta se manifiesta en los siguientes rasgos de comportamiento:

– Son personas que huyen de la responsabilidad y del compromiso.
– Tienen una personalidad marcadamente narcisista.
– Son muy dependientes de otras personas y son incapaces de afrontar por sí solos los problemas.
– Son caprichosos y egocéntricos.
– Tienden a culpar a los demás de todos sus fracasos.

Este tipo de personas viven el presente y no se plantean proyectos a medio o largo plazo, tienen una visión alegre y algo superficial de la vida. Por lo general suelen resultar personas divertidas y resultan muy atractivas, por lo que tienen cierta facilidad para establecer relaciones con el sexo opuesto, pero una gran dificultad para consolidar estas relaciones.

Dan la sensación de ser personas muy seguras de sí mismas y en ocasiones se muestran rebeldes y arrogantes, pero en realidad son personas vulnerables, que esconden una gran inseguridad y un temor a no ser queridos, tienen pánico a la soledad y necesitan siempre tener a su lado a alguien que cuide de ellos.

Su vida puede transcurrir felizmente porque estas personas desarrollan una especie de caparazón psicológico, pero los momentos de crisis pueden ser muy dolorosos, ya que repentinamente se encuentran con una vida vacía e irrealizada lo que les lleva frecuentemente a sufrir depresiones y crisis de ansiedad.
 
La infancia es una época feliz y despreocupada, siempre hay otras personas que se ocupan de resolver nuestros problemas. Al finalizar la adolescencia empezamos orientar nuestras vidas hacia lo que será la etapa de adultos, en los “Peter Panes” aparece entonces una negación a superar esta etapa y entrar en la vida de los adultos.

Hay algunos factores que favorecen esa tendencia a no querer superar esta etapa.  La sobreprotección que ejercen algunos padres con sus hijos puede tener como consecuencia que éstos no sean capaces en un futuro de afrontar sus responsabilidades como adulto y se refugien en la idea de una vuelta al pasado.

La añoranza de la infancia y la juventud también es un factor fundamental, los “Peter Panes”, se resisten a abandonar estas etapas, en las que todo les resultaba más fácil y que suelen recordar de una manera idealizada.

En los últimos años este fenómeno se está extendiendo y cada vez son más los cuarentones que nunca encuentran el momento de abandonar la casa de sus padres y que siguen teniendo una vida social más propia de adolescentes que de personas adultas.

En esto no sólo influyen aspectos psicológicos. Los factores económicos hacen que cada vez sea más difícil la emancipación y también existe una tendencia social a magnificar todos los conceptos relacionados con la juventud que hace que muchas personas se resistan a entrar en la vida adulta.
 En cierto modo podemos decir que todos los adultos llevamos un niño dentro, esto no es malo, sino todo lo contrario, nos da fuerza para seguir ilusionándonos por las cosas.
El problema aparece cuando ese niño nos bloquea nuestra capacidad de asumir responsabilidades y de comportarnos con madurez.

Tratar a personas con síndrome de Peter Pan es extremadamente complicado, ya que estas personas no consideran que tengan un problema y además tienden a culpar a los demás de las consecuencias que su inmadurez acarrea. Las conductas que se mantienen durante mucho tiempo son muy difíciles de corregir, por lo tanto lo ideal es que los padres de hijos que empiezan a manifestar estos síntomas de inmadurez actúen en consecuencia, lo mejor es permitir que estas personas se enfrenten a la realidad por duro que pueda parecer y que asuman la responsabilidad de sus propias conductas.

Fuente: Sonia Marroquín Rojas/DeGuate.com

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